─Nariz achatada. Las cejas espesas, diría yo, pobladas…usted me entiende, ¿no?

─Perfectamente. Siga.

 

El lápiz se desliza con elegancia sobre el papel, obediente a la mano que lo sostiene. El inspector Dóriga lo observa fascinado, como si fuese la primera vez. La habilidad de Márquez siempre consigue asombrarle. El testigo, ajeno a la destreza del dibujante, parece querer darle un tiempo que no necesita. Márquez se impacienta.

─¿Qué más? Las orejas, por favor, ¿cómo eran sus orejas?

 

Juan Oliver, joyero de profesión y víctima hace dos días del enésimo atraco en su establecimiento, prosigue con la descripción del rostro de su asaltante. Le resulta fácil, fue lo último que vieron sus ojos antes de quedar inútiles. Ceguera post traumática, al parecer. Para haber sido hace tan solo dos días el testigo está bastante sereno, piensa Dóriga mientras el carboncillo de Márquez va perfilando la cara del agresor.

─Dóriga, hemos terminado.

 

El inspector coge el cuaderno de dibujo de la mano del artista y observa con detenimiento el retrato. Luego, incrédulo, interroga al testigo.

─¿Está usted completamente seguro de su descripción?

─Completamente, inspector. Jamás podré olvidar esa cara.

─Ya veo. Márquez, estás detenido.

─Me cago en la la profesionalidad─dice el dibujante.

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[5] Hablaron 


Ya está publicado el segundo número de la revista literaria “Prosofagia”. Recoge una selección de cuentos de los miembros del foro Prosófagos y, entre ellos, hay uno, “Puro teatro”, de un tal Gabi. ¿A alguien le suena?

Haciendo “click” en la imagen podréis conseguir la revista en formato pdf o en sus versiónes para calameo e issue.

A por ella…

Gracias a Pepsi por la imagen. ¡Artistaza!   

 

 

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en General , Noticias Breves
[2] Hablaron 


Donde nos llevo la imaginación…

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
[2] Hablaron 


En el Foro literario “Prosófagos”, en el que tengo el placer de participar desde hace algún tiempo, ha visto la luz una nueva revista literaria, Prosofagia, en la que he tenido la oportunidad de colaborar. Aquí os dejo los enlaces:

 

 

 

Revista Literaria Prosofagia

 

Espero poder volver a escribir aquí  en cuanto el trabajo me deje un poco de tiempo.

Mientras tanto, saludos a todos.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Noticias Breves
Nadie dijó nada aún 


El día en que murió Marta la lluvia bailaba claqué en la ventana, el viento silbaba sollozos inservibles y la úlcera de mi estómago, que mordía de nuevo como un perro desdentado, me regalaba un dolor intenso pero soportable. Bien pensado,  ahora, una vez que el tiempo ha vestido desde entonces innumerables colecciones primavera-verano y otoño-invierno, todas las señales de aquel día parecían anunciar desgracias. Yo, por supuesto, no supe verlo hasta que fue tarde. Marta tampoco.

 

Ella se levantó, como todos los días, con el primer toque del despertador, incapaz, la pobre, de no hacerle caso. Marta era inútil para la desobediencia. Por eso no llegué nunca a averiguar qué notas sucedían  al agudo do sostenido, que fundaba la enlatada melodía que se escondía en las tripas de aquella mierda de despertador que nos regaló mi primo Pancho el día de nuestra boda.  Ella, como siempre, dejó colgado en el aire a aquel pobre do inaugural esperando en vano a sus compañeros, y se bajó a la cocina a preparar el desayuno. En el hueco tibio que dejó su cuerpo en la cama, olvidó, como todas las mañanas, su colección completa de frustraciones y reproches de mujer insatisfecha que, de manera amable, me había dedicado la noche anterior. Siempre era del mismo modo, los dejaba allí, a mi lado, donde pudieran hacerme daño un rato más hasta que me levantase, mientras ella se bajaba a exprimir naranjas, cantando y trinando feliz como si fuese la puta Mary Poppins. Jamás he conocido a nadie que tuviese tan buen despertar y tan mal acostar. Yo era, y soy, más homogéneo: me acostaba mal y me despertaba peor.

 

Hice de tripas corazón y, siguiendo el ineludible ritual diseñado por Marta, me levanté a despertar a los niños. Primero, encender la luz; segundo, acercarme a sus camas perfectamente hechas; tercero, darles un beso y, por último, empezar a dar palmadas hasta que los dos se incorporasen suplicando un ratito más que, de forma invariable, les debía ser negado. Mary Poppins proseguía con sus graznidos en la cocina y la lluvia redoblaba su entusiasmo contra el cristal de las ventanas.

 

Luego me encerré en el baño para buscar en el espejo nuevas arrugas. Las encontré. Hacía un mes que había instaurado esa nueva ceremonia en mi vida. Aquella mañana recuerdo que inventarié tres novedades: dos pequeñas patas de gallo en el ojo izquierdo de mi reflejo y otra, más remarcada, en la comisura de los labios. Las clasifiqué en mi cabeza para poder apreciar sin confusiones las novedades del día siguiente.

 

─¡Cariño! ¿Bajas a desayunar? Te estamos esperando.

 

La voz dulzona de Marta, la que sólo usaba en presencia de los niños, partió impetuosa desde la cocina, subió las escaleras, buscó la rendija inferior de la puerta del baño, se coló por ella y consiguió llegar a mis oídos, convertida ya en un débil pero eficaz rumor.

 

─Sí, cariño. Ya bajo.

 

¡Cariño! Yo había comprendido hacía ya tiempo que nuestro amor, si alguna vez existió, murió el día en que dejamos de ser Marta y Gonzalo para pasar a ser cariño, cielo, mi vida y mi amor. Aún hoy no sé por qué le damos tanta importancia al nombre de una persona si al final casi todos acabamos siendo papá, mamá, cariño, cielo o, peor aún, como en el trabajo: el pobrecito Quesada.

 

Cuando llegué a la cocina, aún me estaba esperando. En la mesa aparecían dispuestos los tres tazones de leche, con sus correspondientes vasos repletos de zumo, y el yogurt con cereales para la pequeña; ella, recuerdo, nunca tomaba leche. Todo ello sobrevolado por el olor a naranja, café recién hecho y crujiente pan tostado. Una hogareña delicia matinal, la dicha convertida en familia al borde de un orgasmo de inenarrable felicidad. Sólo faltaba yo. Me senté en la cabecera, enfrente de Marta, intentando adivinar en sus ojos restos de las lágrimas de la noche anterior. El sueño había borrado cualquier huella.

 

─Alfredito, hijo. Pásale la mantequilla a papá.

 

Marta, una vez más, había untado su voz de miel para hablar a Alfredito. Esperé, como siempre, tres segundos. Luego alargué el brazo y cogí la mantequilla de la mesa.

 

─Gracias, Alfredo. ─dije.

─Muy bien, hijo. Así me gusta. ─Marta alargó su mano, al tiempo que hablaba, para acariciar el pelo del pequeño─ Hoy deberías lavarte la cabeza, cielo; tienes el pelo grasiento.

 

En aquel momento no pude reprimir una sonrisa irónica y resignada. Supongo que todo en la vida tiene un límite; supongo que el dolor de la úlcera me había mermado la paciencia y mis tres nuevas arrugas, amables, le habían echado una mano; supongo que estaba harto de los reproches nocturnos y de las forzadas sonrisas matinales, de ritos absurdos y  de mentiras piadosas. Aún ahora, años más tarde, después de repasada una y otra vez la escena en mi cabeza, no he logrado explicarme por qué fue justo ese día y no otro, y le echo la culpa a la úlcera, a las arrugas, al olor del desayuno y a la lluvia repicando en los cristales, cuando, en realidad, desde el quince de febrero de hacía dos años había llovido ya innumerables veces. Lo repaso todo. Lo repaso una y otra vez, y no llego a conclusión alguna.

 

─¿Qué pasa, cariño? ¿Te parece mal que le diga al niño que tiene la cabeza sucia?

           

            Empecé a hablar despacio, casi en un susurro, pero poco a poco fui levantando la voz hasta que llegó a dolerme la garganta, arañada por un grito de rabia, hasta entonces soterrada.

 

─Me parece mal que les toques la cabeza, Marta. Me parece mal que les untes el pan, que les calientes la leche y que les pongas mermelada. Me parece mal que les hagas el zumo; me parece mal que les prepares el almuerzo y que les lleves a la parada del autobús, Marta…

─¡Cariño!, los niños te están oyendo─. Marta, entre horrorizada y desconcertada, buscaba en vano algo de apoyo en los ojos de nuestros hijos.

─¡Los niños ostias, Marta!

 

Sigo sin saber por qué lo hice, y aún no me lo he perdonado, pero acompañé mi grito con dos manotazos inesperados, a izquierda y derecha, que atravesaron inútiles el aire que ocupaba el sitio reservado en la mesa a los niños; allí donde deberían haber estado sus cuerpos, sanos y menudos, si nuestra vida hubiese seguido una autopista perfecta y no el improvisado y polvoriento camino que se abrió a nuestro paso el quince de febrero, en el kilómetro ciento cincuenta y tres de la nacional trescientos uno, hacía ya dos años.

 

 Ella subió corriendo las escaleras, deshecha en gritos. Me pareció que entraba al cuarto de los chicos y se tumbaba a llorar encima de la cama, perfectamente hecha, de Alfredo. Cinco minutos después oí cerrarse la puerta del baño, y ya no volví a verla con vida.

 

            Yo me quede solo, al fin completamente solo, en la cabecera de la mesa de la cocina. El crujir del deslizar del cuchillo al extender la mantequilla en la tostada se mezcló con el monótono baile de la lluvia sobre el cristal de la ventana.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[6] Hablaron 


            Querido Pablo:

          Sé, sin ninguna duda, que no te llegarán estas letras. Sin embargo, esta cruel certeza no me resta un ápice de entusiasmo en mi intención de, al menos, intentarlo.  Mañana echaré esta carta, como tantas otras, al atestado buzón de correos, con la vana esperanza de que algún día las autoridades decidan abrir la mano en lo respectivo a las comunicaciones con nuestra amada tierra. Este aislamiento, nefasto y absurdo, se mantiene ya por demasiado tiempo. Yo, por mi parte, no desisto porque, como supondrás, sigo siendo la misma cabezota de siempre. Es demasiado tarde para cambiar.

         Sin embargo, el ostracismo al que os veis sometidos no es efectivo en ambos sentidos. El éxodo de nuestra gente se sigue produciendo como un goteo lento e interminable. Algunos llegan en un estado realmente deplorable, que hace que se me encoja el corazón. Llegan desde todos los rincones de nuestra patria, desconcertados y exhaustos, pero con un inconfundible brillo de esperanza en los ojos. Cada vez que advierto ese fulgor en sus miradas, no puedo evitar sentir una terrible congoja al recordar esa misma luz en mis pupilas, cuando me vi obligada a emprender, hace ya tantos años, su mismo viaje. El anhelo de libertad es un poderoso combustible, Pablo; tú lo sabes. Sin embargo, administrar sin ti esta libertad de la que ahora dispongo se me está haciendo largo y terrible. No quiero con esto criticar la vida acá fuera. Sería injusto y desagradecido con esta nueva tierra acogedora y cálida. Sólo es que, invariablemente, cada mañana, sin poder evitarlo, se me instala en el pecho una nostalgia insoportable.

         Con cada nuevo desembarco de recién llegados, suelo acercarme al muelle para buscar entre sus rostros rasgos conocidos, por si alguno pudiera darme nuevas de ti. Ayer, al fin, tras fijarme con detenimiento, reconocí en un hombre alto y delgado a Simón, nuestro antiguo y querido vecino. ¡Dios mío! Observar sus arrugas y la multitud de canas que ahora le pueblan la cabeza me hizo ser consciente de todo el tiempo transcurrido. Él, sin embargo, me reconoció de inmediato; se le llenaron los ojos de lágrimas y nos fundimos en un interminable abrazo. ─No has cambiado nada─ me dijo emocionado. Por supuesto, es cierto; no he cambiado nada. Simón estaba enormemente aliviado y agradecido por encontrar una cara amiga. El instante del desembarco puede llegar a ser un momento de soledad terrible, Pablo; mi presencia lo tranquilizó y lo animó. Ahora le estoy ayudando a instalarse y espero que, con mi apoyo, su adaptación sea más fácil de lo que fue la mía. Le irá bien aquí.

        Sé por él de tu absoluta soledad desde mi marcha, y del abatimiento crónico en que te has sumido en los últimos tiempos. Creo que hubiese preferido no saberlo. Me duele imaginarte aún más sólo desde la partida de Simón. Me ha contado que cada vez hablas con mayor frecuencia de salir de allí, de reunirte conmigo. Me ha contado que estás casi decidido; y me cuesta creerlo, Pablo; a ti siempre te dio terror el viaje. No quiero que lo hagas; aún no. No soportaría que pudiese perderte para siempre en la travesía. He visto los rostros desencajados y pálidos de los que esperaban impacientes, al recibir la noticia de que aquellos a quienes aguardaban no lo habían conseguido. No quiero pasar por eso.

        Deja actuar al tiempo, Pablo; sólo te pido eso: un poco más de paciencia. Yo la tendré también. Existo sólo para el día en que el rostro que vea descender al muelle sea tu rostro, los brazos que me abracen sean tus brazos, y estemos, al fin, juntos de nuevo. Rezo hasta la extenuación por ello. Así, tal vez, juntos como siempre quisimos,  el tiempo no parezca estirarse hasta el infinito para hacer de los días una espera interminable, y esta eternidad en que te espero, sea, al fin, algo más corta.

        Tuya siempre,

        Alicia.

Espero que os haya gustado. Carmen, me temo, tendrá que seguir esperando algún tiempo en el cajón; aunque no consigo olvidarme de ella por completo. Mientras tanto llegó Alicia y me susurro estas líneas. Vuevo a lamentar (ya es una costumbre) mi ausencia y mi falta de comentarios. Estuve siempre por aquí y agradecí de corazón cada comentario, cada recuerdo y cada sonrisa.

Gracias por todo

Gabi

 

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[13] Hablaron 


CARMEN EN EL CAMINO

Carmen y Estrella aprietan el paso bajo la lluvia que arrecia. La carretera por la que transitan no ofrece refugio posible a las caminantes que, si bien al principio tomaron las primeras tímidas gotas de la tormenta estival casi como un bálsamo benefactor capaz de ahuyentar el terrible calor que soportaban, ahora veían con preocupación como el cielo se licuaba encima de ellas con la furia de un marido celoso ausente de casa demasiado tiempo. Así son las tormentas de verano en esa parte del país; repentinas y rabiosas como una pataleta, como si el cielo estallase en un llanto colérico de niño pequeño que no consigue lo que quiere. Brutales y breves. Y por eso, víctimas de esa rabieta, Carmen y Estrella corren ahora hacia delante por la carretera encharcada, provocando en cada una de sus rápidas zancadas, nuevas y diminutas tormentas a sus pies. Ninguna de las dos se para a pensar en lo absurdo de correr hacia ninguna parte en medio de nada; no corren para encontrar abrigo de la lluvia porque saben de sobra que no lo va a haber en aquel páramo despoblado, corren porque cuando llueve hay que correr. Corren, tal vez, porque correr hacia ninguna parte es lo que  han hecho toda su vida. El aguacero termina como empezó, sin previo aviso. Ellas, sin embargo, no se dan cuenta hasta pasado un rato,  y prosiguen su alocada carrera empujadas por la inercia de la huída. La lluvia, impulsiva y caprichosa, se va dejándolas empapadas y exhaustas, doblados los cuerpos intentando encontrar algo de aire que llevar a sus pulmones, doloridos los músculos de las piernas poco acostumbrados a soportar el esfuerzo de carreras desbocadas.

Carmen es la primera en recobrar aliento. – Por lo menos ya no hace calor- dice entre jadeo y jadeo, y lo dice acompañado de una sonrisa de resignación que sale de su boca para cruzar el aire y contagiar la boca de Estrella, y allí, pasar de sonrisa a risa y acabar mutada en carcajada incontrolable que las dos comparten durante un rato sin ser capaces de detenerla ni de articular palabra. –Estás patética- dice Estrella cuando consigue apaciguar un poco la convulsiva risa que la domina. –Tú estás de pasarela- contesta su amiga. Al rato, cuando los ecos de las risas de las dos mujeres toman el mismo camino que tomó la lluvia, todo queda, durante un tiempo, en un silencio opaco, solo aliviado por el sonido de sus respiraciones ya apaciguadas. Carmen se aparta con la mano el pelo mojado que cae sobre sus ojos

–¿Qué hacemos ahora? – pregunta y se extraña ella misma al tiempo que lo enuncia. Normalmente Estrella dice lo que hay que hacer sin necesidad de que se le pregunte.

Sin embargo, este pensamiento no lleva una carga de reproche hacia su amiga, simplemente Estrella es así. Ella siempre sabe lo que hay que hacer y a Carmen le gusta que así sea. Por eso esta mañana cuando escaparon siguiendo los planes de Estrella, Carmen no dudó ni un instante. A Carmen no le gusta dudar. Para ella el verbo dudar murió el día que conoció a Estrella.

- Seguir andando ¿Qué vamos a hacer? Más adelante igual encontramos un sitio para secarnos y cambiarnos la ropa. Venga, vamos. Estrella empieza a caminar con paso firme, rompiendo los reflejos de los charcos a su paso, Carmen la sigue, un reflejo ella misma de su compañera. - ¿Crees que nos siguen, Estrella? Pero Estrella no contesta. Estrella se desploma de pronto sobre el asfalto desgastado de la vieja carretera comarcal. El color azul de los charcos, reflejo del cielo que hace sólo un instante castigó con sus llantos caprichosos a  las dos mujeres, se va tiñendo lentamente de carmesí, y Carmen, en un delirio absurdo, sin comprender aún lo que le ha sucedido a su compañera, piensa que nunca ha visto pintados de ese color los labios de la mujer que ama, y por eso tal vez, se abalanza sobre el cuerpo inmóvil de Estrella y repitiendo su nombre  en letanía, moja la punta de sus dedos en el charco que se forma bajo su amiga, y pasa las yemas teñidas de rojo por los labios ya quietos de Estrella que yace en el suelo sin saberse muerta, alcanzada por un disparo que llegó, como la tormenta de verano de hace unos instantes, inesperado y lleno de furia. Cuando los dos hombres armados descienden del coche desde el que se efectuó la detonación  que acabó con una bala en el pecho de Estrella, Carmen se abraza con más fuerza al cadáver y se deshace, como el propio cielo nuevamente sobre ellas, en lágrimas; lágrimas que según caen de sus mejillas se tiñen del mismo color carmesí que viste los labios de su amiga muerta. Con Estrella en el suelo, incapaz de decir ya lo que hay que hacer, vuelven a la cabeza de Carmen todas las dudas que ella ahuyentaba con su presencia. Los dos hombres se acercan. Las dudas no durarán mucho. 

Hace algún tiempo escribí el texto que acabáis de leer. Pretendía ser el principio de mi primera historia algo más larga de lo normal, en realidad, nació con pretensiones de novela. Siempre sospeché que no tengo la  paciencia necesaria para escribir una novela. Sin embargo, poco a poco, fui avanzando. De hecho, esa fue una de las causas que me mantuvieron alejado de aquí durante tanto tiempo. Llegué a desarrollar un volumen de trabajo que me sorprendió incluso a mi mismo. En realidad, algo increíble para alguien como yo que tiene la inconstancia como bandera. Sin embargo, hace algunos meses, empecé a dudar no de mi constancia (indudable) sino de mi talento, El resultado de esas dudas fue el abandono de Carmen y de su historia… Y ahora, desde hace algunos días, noto que Carmen me llama de nuevo para que cuente su historia. Pero me temo que a la pobre Carmen la responden mis dudas y mi pereza. Por eso me he decidido a subir este primer texto aquí. Necesito ánimos, críticas, comentarios, preguntas… En realidad no sé lo que necesito. Creo que sólo quiero saber si con esta pequeña introducción Carmen consigue que queráis saber su historia. Eso es todo. Gracias por seguir por aquí, pese a mi inconstancia.

Gabi.       

   

    

  

 

 

 

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Historia de Carmen
[21] Hablaron 


Los músicos no se retiran: paran cuando no hay más musica en su interior.

Louis Amstrong

No sé como podría describiros este silencio para que fueseis capaces de sumergiros en él conmigo. Yo, desde luego, hasta que me envolvió no había conocido nada similar y, por lo tanto, carezco de referencias para poder compararlo con algo que os pueda aportar el más mínimo dato. Creo que ni siquiera la palabra silencio es capaz de abarcar este vacío.

 

Tal vez lo mejor sea referir como empezó. No fue un estallido, ni una explosión atronadora capaz de destrozarme los tímpanos. Ojalá hubiese sido así. Eso podría explicarlo todo. Pero sólo fue eso, silencio, un silencio absoluto e incontestable, tiránico, una barrera infranqueable y cruel entre mi cerebro y los sonidos del mundo exterior.

 

Coincidió con el final de la última nota de la canción. Los armónicos de aquel postrer acorde vibraban aún en el aire, empecinados, queriendo sostener aún en su fragilidad todo el peso de la sincera emoción  que me había embargado nada más comenzar a escuchar los compases inaugurales de aquella desgarradora y ,hasta entonces, desconocida melodía. Pero un simple acorde no puede sobrellevar tal carga y, al igual que el cauce de un pequeño río no podría aunque quisiera albergar toda el agua del mundo, todos los sentimientos que se afanaban, casi desbocados, por encontrar un acomodo en mi pecho se desbordaron, incontenibles, por la débil grieta que les brindaron mis ojos. Y así, mis lacrimales fueron la esclusa por la que fueron desaguando; aquella fue la vía de escape que impidió que me reventara el pecho.  Y lloré. Lloré, y ojalá pudiera decir que como un niño, pero no sería cierto. Los niños saben casi siempre porque lloran. No era mi caso. Yo lo ignoraba por completo, o al menos ahora creo que elegí ignorarlo. De no ser así, tendría que plasmar aquí demasiado dolor y demasiada alegría, demasiada tristeza y demasiadas esperanzas; tal fue la mezcla de sensaciones que comenzaron a girar en mí, convertidas en un loco remolino, dueño absoluto aunque involuntario de mi corazón, apenas empezaron a llenar el aire viciado de aquel viejo y querido bar, las primeras notas de aquella última canción. Luego, al diluirse los ecos apenas ya perceptibles de aquel último acorde, como he dicho, llegó el silencio. Ni un sólo sonido ha vuelto a abrirse paso hasta mi entendimiento desde entonces.

 

Puede que mientras hayáis leído estas líneas os haya conmovido la compasión por mi estado, o incluso, ahora que releo mi propio escrito, haya sido yo culpable de trasmitir sin quererlo la sensación de ser digno de lástima. Siento si ha sido así. En realidad, desde que mis oídos decidieron cerrarse al mundo aquella tarde, con la indudable intención de capturar y hacer permanecer cautiva aquella melodía en mi cerebro, mi mundo se llenó de música. Debéis saber que jamás me sentí más lleno, y que aquellas notas evocadoras y mágicas, danzan ahora incansables y eternas por mi cabeza, sin distracciones ni equívocos. Es mi canción, pues, y la poseo sin posibilidad de alteraciones. Es mi canción y la conservo tal y como la escuché en aquel momento único y maravilloso. Es mi canción y la conservo en mi corazón, tal y como quiero conservarla.

¿Queréis tal vez saber el título de aquella canción?, ¿quizá su autor? Lo siento. No puedo ayudaros. Creo además que carece de importancia. Es más que probable que mi canción no sea la vuestra.

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[16] Hablaron 


-         ¡Hay que hacer algo ya! –dice el más joven e impetuoso de la pequeña familia de cuatro miembros. Ayer mismo le dieron a Mamá un susto de muerte cuando entró en la despensa a buscar galletas.

-         ¡Menudo grito que pegó! –comenta divertido el padre- la oyeron hasta en la casa de al lado.

A la madre, es obvio, no le hace gracia recordar el incidente. Consiguió salir a  duras penas de la despensa, y ahora no es capaz de entrar en ella sin hacer antes mucho ruido para asustar a los posibles visitantes.

-         No tiene ninguna gracia. Era grandísimo y asqueroso –no puede evitar sentir un escalofrío al evocar su inesperado encuentro y se estremece. El padre la abraza tranquilizador.

La hija mayor, que hasta el momento ha escuchado la conversación apoyada en la pared, embutida en su cotidiano disfraz de absoluta indiferencia por todo lo que pase entre los muros de aquella casa, decide salir de su mutismo voluntario por primera vez desde que comenzase la improvisada reunión familiar.

-         Yo ayer ví a otro paseando tan tranquilo por el centro del salón.

-         ¿Por qué no lo has contado antes? Interroga el padre

-         ¿Para qué? Nunca me hacéis caso, y cuando me lo hacéis no entendéis lo que digo. Vosotros si que dais asco y no esos pobres bichos.

-         Ya estamos. Te voy a arrear un bofe….

-         ¡Ya está bien! -El grito casi histérico de la madre ha conseguido interrumpir el avance del padre hacia su hija- Vamos a ver, –continúa ahora más tranquila- la rebeldía preadolescente de la niña tendrá que esperar. Hay cosas mucho más urgentes. ¿Qué piensas hacer para acabar con ellos?

Todas las miradas se centran ahora  expectantes en el padre, a la espera de la sabia solución del patriarca de la familia.

-         Veneno. He oído que lo más efectivo es el veneno. Las trampas también van bien para estos casos,  al parecer, pero son mucho más engorrosas. Así que no hay duda, será veneno. De hecho, me han hablado de uno fulminante.

Dos días después…. 

La casa hierve de actividad. Un pequeño ejercito de policías y personal sanitario pulula en aparente caos, alrededor de los cuatro cadáveres sentados en la mesa de la cocina.

-         La familia típica al completo ¿eh? – Gonzalo Pas, inspector de homicidios recién llegado a la supuesta escena del crimen se dirige con su habitual acento socarrón a Emilio Dóriga, médico forense de la policía- Papá, mamá, jonathan y Vanesa, ¿no? ¿No tenían perro?.

Como toda respuesta, Dóriga señala un rincón de la cocina donde yace con la lengua fuera de la boca y tan desproporcionadamente hinchada como la de sus cuatro dueños, “Coco”, el Fox terrier de la familia.

-         Ya veo. ¿Qué coño ha pasado aquí, Dóriga?

-         Pues eso tendrás que decirlo tú, colega. Para eso te pagan. Yo lo más que te puedo decir es que las cuatro tazas de desayuno tenían más estricnina que corn-flex. Ah, y el cuenco del perro lo mismo.

Gonzalo Pas se rasca desconcertado la cabeza, en la que empiezan a bullir descabelladas hipótesis y posibles soluciones. Examina a fondo los cinco cadáveres, buscando la más mínima pista que le permita elaborar una conjetura creíble. Busca, en fin, un punto de partida.

El padre, mientras tanto, sigue las evoluciones de Pas por la cocina con sus inteligentes ojos negros, desde su privilegiada y oculta situación encima del armario.

-Funcionó, piensa, ha funcionado- Absorto en la escena que se desarrolla ante sus ojos no oye acercarse las pisadas diminutas y furtivas de sus dos hijos y su mujer.

- ¿Habéis visto? Ha funcionado.

- Si papá, si, ha funcionado. -la voz del pequeño ratón se llena de ironía- Antes sólo teníamos cuatro y el perro, y ahora mira que ejército.

- No pasa nada, hijo. Está todo previsto. Antes o después querrán tomar un café.

 

Dedicado a Elen que no sabe lo que es rendirse. :)  

Besos

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[18] Hablaron 


Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Pablo Neruda

Pongamos un sábado plomizo, pongamos un mes de agosto. Pongámoslo en una ciudad costera, prostituida y turística, una de esas ciudades que duplica en verano los cuerpos que la habitan, que comprime sus almas para que le quepan todas,  que satura sus rincones, que atasca sus calles. Pongamos la lluvia además. Pongámosla para reducir aún más si cabe el espacio habitable, para confinar el cielo, para dar el toque de queda, para invocar el ridículo sobre el desquiciado festival de camisetas multicolores, bermudas y chancletas.  Pongamos la lluvia, si. Pero pongamos entonces un refugio, un salvamento, un faro guiando a los miles y miles de turistas descontentos. Pongamos, es obvio, un centro comercial, luz para polillas humanas privadas del sol del que se creen acreedoras. Pongámoslo  desbordado, rebosante, atascado. Pongamos los ríos de coches intentando llegar e impidiendo marchar, pongamos los pasillos repletos, las tiendas atestadas, los gritos, las risas, el murmullo incesante de miles de bocas, los llantos de los niños exigiendo caprichos, las discusiones de los padres, los móviles sonando sin parar; sumémosle la megafonía lanzando al aire enrarecido sus ofertas de última hora, sus niños perdidos y  sus interminables coches mal aparcados.

Pongamos ahora, una vez establecido el escenario, los actores principales de esta historia. Pongamos un hombre. Situémosle sentado en un banco de la arteria principal del centro comercial. Pongámosle inclinado, con los codos apoyados en los muslos, las palmas de las manos sujetando el peso, aparentemente insoportable, de su propia cabeza. Pongámosle con los ojos cerrados. No, mejor aún, los ojos abiertos, muy abiertos tal vez, pero mirando nada. Sí, la mirada fija y perdida a la vez en un punto desconocido para nosotros situado en el escaparate de la tienda de enfrente. ¿Dé qué es la tienda? No importa. Ya lo pensaremos más tarde si es que hay que definirlo. Tampoco es sustancial en el hombre su vestimenta ni su aspecto. Pongamos quizás  un hombre de unos cuarenta años, un hombre cualquiera, sin rasgos sobresalientes. Su apariencia, ya sabéis, no es fundamental. Dejémoslo de momento, sentado en su banco, inmóvil, casi una estatua, excepto quizá por el apenas perceptible movimiento de sus labios que se abren y cierran como si nuestro hombre hablara ininterrumpidamente. Es imposible saber si lo hace o no; el bullicio del centro comercial mata cualquier otro sonido antes de nacer. Dejémoslo así de momento decía, como un pez boqueante ante el cristal de su acuario imaginario.

Ahora busquemos más a fondo. Busquemos rápidamente entre la marea de clientes un segundo protagonista. Una mujer tal vez, quizás un niño. Sí, podría ser el niño pequeño incansablemente reclamado por megafonía: “Se ha perdido el niño de cuatro años Miguel Fernández. Lleva camiseta naranja con dibujo de spiderman…”. Si, fijémonos en él. Incluso así, a vista de pájaro, no es fácil localizarle con el único dato de la camiseta naranja entre el tropel policromado de compradores que rebosa nuestro escenario. Pero lo hacemos, le encontramos. Para eso la historia es nuestra y necesitamos encontrarle. El niño de la camiseta con dibujo de Spiderman, camina lloriqueando desconsolado entre la multitud. Por desgracia para él, aún no ha aprendido que para que le hagan caso tiene que llorar más fuerte. Por eso nadie se fija en él salvo para esquivarle como a un obstáculo, como a un estorbo; igual que esquivan al hombre que prosigue incansable su salmodia inaudible, sentado en el banco con la cabeza apoyada en las palmas de las manos. El niño perdido pasa por delante del banco de nuestro hombre y allí, se detiene. Se detiene porque sus pequeñas orejas son capaces de escuchar por encima del tumulto la letanía que surge de los labios del hombre y se reconoce en lo que escucha. Se detiene y con los ojos llorosos y la voz temblona habla al hombre, y éste, abandona por un segundo el lejano mundo más allá del cristal del escaparate de la tienda de enfrente, y fija su mirada en los ojos del niño, y comprende. Luego toma de la mano al niño, se levanta, y salvando un bosque impenetrable de cuerpos, camina con paso más o menos firme hasta el mostrador de información dónde, histérica de preocupación, la madre del niño de la camiseta naranja de spiderman, les recibe entre sollozos agradecidos y recriminaciones al niño. Luego, el hombre vuelve con paso cansado a su sitio en el banco, y se vuelve a sentar con la misma postura inmutable, y sus ojos se dirigen de nuevo a un mundo más allá del escaparate de la tienda de enfrente, y su boca comienza a entonar su impertérrita retahíla de murmullos. Bajemos ahora el volumen ensordecedor del bullicio, poco a poco, podemos hacerlo, es, al fin y al cabo, nuestra historia. Bajémoslo ahora, y acerquemos nuestro oído a la boca del hombre, que, ajeno a nuestra maniobra, sigue recitando sin parar. “Estoy perdido, estoy perdido, estoy perdido”.  Quitemos ahora la lluvia, dejemos sólo los charcos en el aparcamiento del centro comercial, turbios espejos que pronto reflejaran a la gregaria muchedumbre disponiéndose a volver a casa tras su agotadora tarde de compras. Alejémonos ahora, despacio, sin ruido. Así podremos oír todavía, mientras nos vamos, los ecos lejanos de la impersonal megafonía rezumando su eterna cantinela de ofertas y avisos, y, entre estos tal vez, solo tal vez, alguien anuncie al fin que un hombre se ha perdido.

 

Lo escribió Gabi y lo guardó en Parábolas y Cuentos
[34] Hablaron 

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